Viaje a Kenya: día 13

5-11-2014

Llevo en Kenia dos semanas. Dos semanas muy intensas y fuertes. Kenia es pobre de dinero, pero es muy generosa en emociones. Solo la historia del elefantito es bastante para que a muchos le salgan lagrimas, para no hablar de esa sensación de incomodidad que se te pone encima cuando intentas tomar el sol mientras que un guardia de seguridad aleja a los pobres de los turistas blancos. Pero mi estancia se va acabando y me falta poco tiempo en este increíble país. De lo que se puede ver alrededor he visto todo, solo me falta el museo de Malindi. Como siempre fuera del museo nos esperan las guías, que nos ofrecen sus servicios. Como el hombre hablaba poco italiano, se dejaba ayudar por su amigo, entre ellos dos juntaban frases con sentido, y sabían de lo que hablaban. El museo verdaderamente es bastante aburrido, solo hay fotos de las diferentes temporadas históricas. Muy interesante la reconstrucción de una aldea típica, que enseñaba la manera de vivir de quien no tiene una casa como la conocemos nosotros, de ladrillo y todo eso. “Si quereis os lo enseño de verdad”; dijo el guía, “justo fuera hay una aldea”. Acepto, y el hombre me lleva fuera del museo, andamos algo como 50 metros en algo que se parecía a un bosque, luego aparece la aldea. Estamos a 30 metros del museo, a menos de un km del centro de malindi, con sus bares italianos y sus restaurantes, y no me puedo creer lo que veo. Una aldea hecha de cabañas de barro y palos entrecubiertas por los arboles.

Aldea Malindi aldea MalindiAldea Malindi

Mi padre todavía lleva una bolsa llena de bolsitas con galletas y algunos caramelos, y empieza a repartirlas entre los niños; y los niños no acaban. Hay un montón, y gritan levantando las manos para coger las bolsitas. Son galletas de mantequilla, de las que nadie se vuelve loco, pero para estos niños son algo muy valioso. Intento gritarles diciendo que hagan una fila, vamos a repartir bolsitas a todos. No hablan inglés, así que los guías nos ayudan a ponerles en fila, pero es imposible. Mi padre está rodeado de una multitud de niños que piden una bolsita de caramelos y galletas asquerosas como si fueran cheques en blanco.DSC_1211 DSC_1143

 

 

 

 

 

 

 

Una vez terminadas las bolsitas, empezamos a visitar la aldea. Y cuando esperaba que Kenia ya no podía regalarme más emociones, me llega esta aldea, como un puñetazo en el estomago después de comer. Me enseñan el pozo, lleno de agua azul, por lo que se yo el agua no tendría que tener color; luego me enseñan la comida que comen normalmente, una polenta que solo de verla da ganas de todo menos de comerla. Y hasta me enseñan cómo se hace: hay trigo en un mortero y las niñas con un palo lo rompen hasta que se convierta en harina. Es bastante duro, hasta mi hermano lo ha probado y ha dicho que cansa rápido. Aquí me doy cuenta de una cosa, muchas niñas tienen hijos. Pregunto al guía sobre esto y me dice “amigo aquí no hay tele, para diversión la gente tiene relaciones sexuales, y como no hay preservativos, a los 14-15 ya empiezan a quedarse embarazadas”. Esto explica de donde ha salido la multitud de niños.

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Se acerca un hombre y me dice que, como podemos ver, la aldea es muy pobre, y si podemos comprar harina para la gente. El saco de 25 kg de harina costaba más que en el supermercado, pero ya que estábamos aquí lo compramos. Las mujeres se ponen en una fila ordenada mientras que repartimos, es más fácil que poner a los niños, y en poco la harina se acaba. Solo hemos repartido a mujeres, porqué me han dicho que los hombres, a pesar de que tienen hijos, si tienen algo lo venden para comprarse droga, mientras que las madres no, así que lo vamos a dar solo a las mujeres. Se me acerca otro hombre, y me dice que es el profesor de la escuela, y me pide que compre tizas. Empezamos a andar fuera de la aldea y entramos en un sito que vende tizas, el precio parece muy alto, parece que se están aprovechando.

el interior de la esquela
el interior de la esquela

Bajamos el precio y compramos la caja de tizas, cuando el guía y el profesor se marchan, pedimos al dueño de la tienda a cuanto se vende normalmente la tiza, y en efecto, el precio ha sido muy alto. ¿Se puede recriminar esto a gente que no tiene ni para comer?

No creo que las fotos expliquen lo que había allí, ni esto post describe las emociones siento pero, por cierto, esta hora pasada en la aldea, ha sido la más intensa y fuerte de todo mi viaje. He visto gente dormir en cabañas de barro, niños que hacían lo imposible para tener una bolsita de caramelos, no he visto teles de plasma, ordenadores, ni móviles de 700€. No había coches, y ni he visto zapatos que no fueran chanclas. No he visto escaparates, no he visto anillos, colgantes, pulseras y relojes. No he visto libros, ni periódicos. No he visto cámaras de seguridad, farolas, radios, microondas ni lavadoras. No he visto frigoríficos, ni latas de refresco, ni helados. Pero, inexplicablemente, no he visto ni una persona triste. Solo yo.

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día 12                                  el final

 

elburroviajero
elburroviajero
Soy un corriente burro urbano, mi espíritu quiere viajar, mi vida intenta ponerme raíces. He nacido en Italia, y llevo años intentando dejarla. Lo he conseguido por una breve temporada en 2011, cuando me he ido de Erasmus en Almería (ESP) por 6 meses. Estoy acabando la carrera de derecho y cultivo el sueños de ganarme la vida viajando; tengo la necesidad de descubrir culturas, sitios, comidas y costumbre diferentes. Me aburro fácilmente de lo que tengo alrededor, así que viajar es la única manera de mantenerme despierto. Junto a los viajes, la escritura es otra de mis pasiones, colaboro con algunos blog e intento convertirme en freelancer. Mientras que lucho para que el barco de mi vida vaya donde yo quiera, y no donde el viento sople, escribo este blog. A ver si un día nos encontraremos paseando por las calles de Singapur o entre las dunas del Sahara.
Hasta Pronto

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